lunes, 4 de enero de 2010

Problemas para el lector

El lugar: un estacionamiento subterráneo de un hipermercado. Es dificil describir la situación. El verse observado como si se tratara de un fundamentalista en los segundos previos a eso que pretenden definir como inmolación y que no es otra cosa que un suicidio egoísta y estúpido.
Ir con un libro en el auto, esperar que el resto de los acompañantes realice las compras recorriendo góndolas mientras uno hace lo propio en las hojas de un libro, con la espalda pegada a la butaca cada vez más húmeda, resulta una empresa difícil. A la tarea del personal de seguridad que pasa tres veces delante del vehículo, mirando de soslayo la contratapa del libro en cuestión, mientras se oyen distintas voces y partes de información en el handy que lleva en su mano, le suceden el llanto interminable de un niño y tres alarmas que, casi simultaneamente, buscan desesperadamente aumentar su estridencia en el eco que devuelven las paredes y columnas de ese espacio sin oxígeno. Después de media hora uno entiende la inutilidad, apenas tres o cuatro relatos breves de ese libro que, ahora, con la excusa del verano y un tiempo un poco más dilatado, se espera poder terminar (para que la lista interminable de otros que lo emulan, dispersos en rincones del departamento, pasen a ocupar su efímero lugar). Luego, la llegada de las bolsas cargadas, el abrir del baúl, y el salir nuevamente a ese mundo urbano sobrecargado de calor y humedad.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Todos los post el post...

El regreso de unas pequeñas vacaciones, la compra a última hora de la edición dominical de Página/12 y de vuelta al horror. (Todos los horrores, parece, son el mismo horror.)
La historia pertenece a Yitzhak Ganon, de 85 años, que vive en Petach Tikva, cerca de Tel Aviv. Evitó a los doctores toda su vida.
Como lo refiere el suplemento RADAR del matutino porteño "Hace poco [...] Yitzhak Ganon volvió a casa y se sintió mal, tan mal que no pudo resistirse a que lo llevaran al hospital. Al llegar tuvo un ataque cardíaco y los doctores tuvieron que operarlo. Pensaron que no sobreviviría la operación, porque descubrieron que tenía un solo riñón." Cuando despertó, luego de los efectos de la anestesia, contó la historia de por qué evitó a los doctores toda su vida y, lo más importante, a dónde fue a parar su riñón perdido:
“Soy de Arta, una ciudad al norte de Grecia. Un sábado, el 25 de marzo de 1944, apenas habíamos prendido las velas del Sabbath en casa cuando un oficial de las SS y un policía griego entraron y nos dijeron que nos preparáramos para un largo viaje”, relata el sobreviviente, levantando la manga de la camisa para mostrar un número tatuado con tinta azul en su antebrazo izquierdo. El padre de Yitzhak murió en el viaje a Auschwitz. Su madre y sus cinco hermanos fueron a las cámaras de gas. A él le tocó un destino terrible: fue a parar al hospital de Auschwitz-Birkenau, donde el ángel de la muerte, el doctor Mengele, realizaba experimentos inenarrables con los prisioneros.
"A Yitzhak lo ataron a una mesa de operaciones y ahí nomás, sin anestesia ni nada, Mengele lo abrió y le sacó un riñón. 'Lo vi palpitando en su mano y grité como un loco, supliqué que me mataran, para no sufrir más'."
Luego de más experimentos, cuando no tenían nada más que hacer con él, lo enviaron a la cámara de gas y se salvó por la burocracia nazi: entraban como máximo doscientos prisioneros, él era el número doscientos uno.
Yitzhak volvió a Grecia tras la liberación de Auschwitz, se reencontró con dos hermanos que sobrevivieron, emigró a Israel en 1949. Se casó y juró nunca más ir al médico.
Ahora, tras un segundo ataque al corazón que concluyó con la implantación de un marcapasos, reconoce que los médicos le salvaron la vida. Una vez más, Yitzhak Ganon escapó a la muerte.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

No culpes a la lluvia

Waldemar, a sus treinta y cinco años, no recordaba cuándo había sido la ultima vez que había llorado. No había caso. En rigor, guardaba la imagen (propia) de un falso llanto el día que cumplió los veinticinco, cuando de sus ojos unos granos de arroz imitaron el descenso de las lágrimas por sus mejillas. (Fueron 14 granos en total, marca Gallo Oro.)
Lamentaba, además, que los veranos en su provincia fueran tan secos. La lluvia, al igual que sus lágrimas, era inexistente.
Sin embargo, una mañana de enero las nubes amenazaron con dejar caer un chaparrón, según informaban las veinte repetidoras de una única radio. Waldemar esperó el milagro, casi frunciendo el ceño, sin dejar de mirar el cielo. A los pocos minutos comprendió la inutilidad de su ilusión. Ese día cayó una lluvia absurda: de papel picado.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Resumen Semanal

La falsa cortesía del empleado de comercio, que saluda amistosamente en el mostrador, pero cuando lo cruzamos en la calle nos ignora por completo.
La soledad del taxista a medianoche, a bordo de un vehículo sin pasajeros, en una calma quieta frente al semáforo.
El haber mudado de domicilio hace tres meses, y conocer (haber visto) solo una vez el rostro de dos de los seis vecinos de piso.
El sueño y sus embates, cuando era necesario, ineludible, permanecer despierto.
Un memorable diálogo entre Víctor y René, mucho tiempo después de haber visto por primera vez El perfume de Yvonne (de Patrice Leconte, 1994), cuando aquél le consulta a ese viejo homosexual si ha recibido noticias de ella:
—Le dije que no la perdiera de vista —le recuerda René.
—Nunca le quité un ojo de encima —contesta Víctor.
—Entonces tal vez la miró demasiado.

...to be continue...

lunes, 30 de noviembre de 2009

Como oído al pasar

—Señor, ¿me diría qué hora es?

—Cómo no: hora de conocernos.



domingo, 22 de noviembre de 2009

Relecturas

El sujeto relee un viejo artículo de Courtis y Abramovich. Mientras lo hace escucha online accuradio.com, el canal de jazz dedicado a las versiones de los Beatles. De pronto el audio se torna elevado con el golpe de trompetas en Help! Se para, deja el artículo, y se aproxima a la notebook con la intención de bajar el volumen y mejorar su concentración. Mecánicamente abre e inicia sesión en Messenger. Aparece su hermano, que le comenta la conclusión de algo que habían hablado esa tarde. El diálogo (¿diálogo?) dura aproximadamente 10 minutos. Casi al final, el sujeto le dice a su hermano que hasta hace unos instantes estaba leyendo nuevamente a Courtis y Abramovich, que se acercó a la notebook solo para bajar el volumen, y que esa conversación por chat le hace recordar un post ocurrente sobre el tema, en el que se habla de la falta de concentración a la que nos somete internet diariamente. Cree que era el blog de Leila Macor. Le sugiere su lectura. Para ubicarlo dedica otros 5 minutos en la red de redes. Le pasa, vía Messenger, el link en cuestión. Su hermano promete leerlo (cuando termine con algo que está haciendo, o viendo, en su PC). Se despide, su hermano, diciendo “te dejo terminar el artículo.”

El sujeto se ofusca un rato. Piensa (o cree pensar) en lo que le acaba de suceder. Accede a su blog, y dedica un post a narrar lo sucedido.

Tal vez otros, al pasar, se desconcentren como él.

martes, 17 de noviembre de 2009

La náusea

La vida no vale nada —canta Pablo Milanés— si ignoro que el asesino cogió por otro camino y prepara otra celada. La canción se toma carnadura después de ver "La vida loca", de Christian Poveda, el fotógrafo y periodista recientemente ultimado por alguna de las pandillas salvadoreñas.
Había dedicado más de un año de rodaje para observar y convivir con los pandilleros de "La 18", dejando un registro invalorable de ese ir y venir de tanta muerte joven por la pertenencia a una de las pandillas más importantes de El Salvador. O, como dice Christian Alarcón, “[e]l muerto, el vivo, la fiesta, la viuda, el joven esperanzado, la muerte de varios de los protagonistas a lo largo de los 16 meses de rodaje de la película, lo siniestro y la ternura: eso es lo que dejó, el retrato de un mundo de huérfanos para los que la violencia es el líquido en el que se nada para sobrevivir. O morir en el intento”.
En la era de las comunicaciones digitales la muerte violenta se torna una constante, y si es registrada mejor aún. Después de algunas primeras impresiones, la imagen en movimiento, mostrando el momento de la agonía o el inmediatamente posterior se vuelve inofensiva, común, corriente.

He visto a un agente de tránsito asiático partido literalmente en dos, tocando el borde su abdomen (o lo que queda de él), creyendo (queriendo creer) que esa piel entre sus dedos es el pliego de su camisa. He visto a unos jóvenes ucranianos asesinar a golpes y puñaladas a un mendigo, riéndose como si se tratara de una travesura. He visto compilaciones de videos de accidentes, con música de fondo y una cuidada edición; he visto cómo se preparan las cámaras de los teléfonos celulares para filmar una pelea entre jóvenes, o entre ancianos, arengando el espectáculo. He leído las disculpas del editor de un sitio Web porque la imagen de una decapitación no era de muy buena calidad. He agotado cualquier tipo de sorpresa en sitios de contenido erótico o pornográfico.

Todas esas imágenes no son naves de ataque ardiendo más allá de Orion, ni rayos "C" brillando cerca de la Puerta de Tannhauser, pero serán momentos que se perderán alguna vez como lágrimas en la lluvia, para mí; para el resto seguirán vigentes en el eter, bastará un click para que el show del horror continúe una y otra vez.